Minutos después de escuchar el discurso inaugural del ahora presidente Barack Obama, un profesor en la Escuela de Derecho comentó que, mientras en Estados Unidos acababan de elegir a un presidente negro, en Puerto Rico, donde nos jactamos de no ser “tan racista” como en el norte, no había ni un solo negro o negra en el gabinete del actual gobierno, y que apenas hubo uno en las anteriores dos administraciones.
Sin duda, estos hechos son una manifestación de un problema social nuestro. No obstante, la solución que, implícitamente, se desprende de la comparación es la de nombrar a más negros y negras en la alta jerarquía del gobierno. En mi opinión, lo único que lograría esto sería tapar el verdadero problema para calmar las conciencias de muchos.
No voy a caer en romantizar idiosincrasias ni plantear la existencia de bondades colectivas o individuales. Bastante xenofóbicos, machistas, homofóbicos, y conservadores son parte de “los valores que nos definen como pueblo”. Pero no creo que ninguno de los gobernantes recientes se planteó como meta, ya sea conciente o inconsciente, no nombrar negros ni negras. Se les podrá criticar muchas cosas, pero al menos ese tipo de racismo, el que subestima las capacidades de una persona por su color, no es una de ellas.
Si no hay muchos negros y negras en posiciones de poder no es por racismo, sino por marginación, por falta de oportunidades para efectuar movilización social. La negritud aquí sirve como una marca que ayuda a identificar los orígenes de los individuos. Si vemos a una negra descendiente de esclavos como senadora, pues ahí hubo una movilización social. Si en un gabinete de gobierno la blancura general de sus miembros es comparable a la de los países escandinavos, ahí tenemos a una élite que ha sabido conservar el poder sin presiones ni intervenciones de “los de abajo”.
Pero “los de abajo” no son solo negros, ni solo mujeres, ni solo emigrantes, ni solo de cualquier otra condición social. Hay variedad entre ellos. Hay individuos varones, blancos, cristianos y heterosexuales cuyas familias han sido marginadas por generaciones. Es decir, comparten las mismas características y condiciones sociales de la población negra pobre del país. Incluso, según leí en algún sitio, la tradicional vestimenta del jíbaro blanco de la montaña es una adaptación de los paños que servían de vestimenta a los pobres de las comunidades negras de la costa. Son parte de una misma cosa.
Nombrar a más negros, o a más mujeres, o a más miembros de minorías para inflar artificialmente la cuota que, para guardar las apariencias, queremos asignarle a esos grupos, solo sirve para hacer menos evidente un problema, no para solucionarlo (como la escena de la barrendera que esconde el sucio debajo de la alfombra). Medidas como esa, podrá asegurarle una cuota mínima a las minorías, pero legitima y permite el actual ambiente de falta de oportunidades y marginación social; solo crearía pequeña sub élite “mandada a hacer” con el único fin de hacer lucir a la hermética oligarquía isleña como una diversa y abierta.