Ayer, mientras daba un recorrido ocular por mi pequeña biblioteca personal, me reencontré con Narratives of the Life of Frederick Douglas, un librito muy hermoso escrito por un ex esclavo domestico negro del sur de los Estados Unidos. Al abrirlo, me dio la bienvenida una página que exhibía con orgullo uno de los pocos párrafos resaltados con tinta amarilla:
In August, 1832, my master attended a Methodist camp-meeting held in the Bayside, Talbot country, and there experienced religion….It neither made him to be humane to his slaves, nor to emancipate them. If it had any effect on his character, it made him more cruel and hateful in all his ways; for I believe him to have been a much worse man after his conversion than before. Prior to his conversation, he relied upon his own depravity to shield and sustain him in his savage barbarity; but after his conversion, he found religious sanction and support for his slave-holding cruelty.
Es viejo el texto, pero es muy actual su contenido, aún sin la esclavitud, la segregación, y el racismo institucional directo. Este pasaje plasma una observación que describe un fenómeno humano que ha sobrevivido siglos de cambios políticos y sociales (…y esto es lo que distancia los éxitos del momento de los éxitos de todos los tiempos).
Se supone, según se repite mucho, que la llegada de la religión a la vida de una persona provoque, cultive o desarrolle los elementos más nobles de su humanidad. Si de algo tienen fama los movimientos espirituales occidentales (obviamente en occidente) es de hacer de las personas una mejor versión de sí mismos. Sin embargo, no estoy seguro que sea bien merecida la fama.
Ciertamente, a nivel personal, parecen evidentes los beneficios que proveen las religiones. Estabilidad, fortaleza, felicidad y sosiego son algunos de los beneficios que obtienen los conversos. Ansiedad, incertidumbre, duda y existencialismo son cosas que, por otro lado, suelen escasearles. Pero son los beneficios sociales los que no están claros.
Según el esclavista dueño de Douglas encontró en la religión una base solida sobre la cual justificar su crueldad, actualmente otras personas continúan encontrando en ella motivos para discriminar, atacar y abogar por el retroceso en los derechos civiles y las libertades.
En meses atrás conversaba con una persona recién convertida sobre los crímenes cometidos en España durante el franquismo, y sobre cómo Franco visitaba la Iglesia antes y después de mandar a matar a personas de la disidencia. Su contestación fue que comprendía a Franco, porque la Biblia relata que Dios se revela a muchas personas para que, en ocasiones, maten a quienes le sirven de obstáculo a sus propósitos. Aquello me pareció increíble, porque conozco bien a esta persona, y sé que de haberle contado lo mismo antes de empezar a tomar sus clases bíblicas, hubiera condenado y lamentado la ironía de esas desgracias. Pero ahora no.
Recuerdo, también, como en mi familia de un tiempo cercano para acá se ha empezado a repetir, ya fuera de toda broma, que el deber de la mujer es acatar y apoyar, en un rol secundario, las decisiones que tome su marido, ya que Dios dio instrucciones de que fuera éste, y no ella, la cabeza del hogar. En mi casa, y en toda mi familia extendida, tanto por vía materna como paterna, siempre el conservadurismo social ha sido dominante, pero aún con todo y eso la igualdad en derechos y oportunidades entre sexos era algo que nunca se ponía en duda, sino al contrario, entre bromas y bromas, las mismas mujeres sacaban a relucir con orgullo “la liberación” de su género en cuanto a lo laboral se refiere. Pero ahora no.
A otros conocidos también le he notado que se muestran muy reflexibles en cuanto al reconocimiento de los derechos los gays, las lesbianas, los bisexuales, transexuales y transgéneros. Pero los que se oponen a esto, no tienen más que citar algunos versículos bíblicos, “palabra de Dios”, para que estas personas reconsideren y se rectifiquen. Es decir, con el libro cerrado conceden derechos en el nombre de la libertad, y con él abierto los niegan en el nombre de Dios.
Voltaire captó en una de sus frases un punto más dramático de estos efectos: “Lo maravilloso de la guerra es que cada jefe de asesinos hace bendecir sus banderas e invoca solemnemente a Dios antes de lanzarse a exterminar a su prójimo”. Claro, estamos hablando de la misma persona que dijo que “Si Dios no existiera, sería necesario inventarlo”. Pero él era un deísta, no un partidario de una religión organizada.
Por mi parte, por ahora escojo como templo mi Universidad. Y las respuestas se las pido a Jaime Benitez.
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