¿Equilibrio de género dentro de culturas patriarcales?
Una de las cosas más interesantes del curso de Antropología Socio-cultural que tomé en mi recién concluido bachillerato, fue la exposición a textos críticos no solo hacia los grandes relatos tradicionales y hegemónicos, sino incluso a los discursos liberales de resistencia que se auto presentan como la alternativa universal al sistema imperante.
Un ejemplo de los discutidos en el curso fue el feminismo occidental (término que ya no es redundante debido a la existencia de otros feminismos como el “feminismo islámico”). Este feminismo, con el cual todos más o menos estamos familiarizado, aspira a la justicia y felicidad de la mujer mediante lo que llaman una “liberación femenina” (no malintrepreten las comillas) que situé ese género en igualdad de condiciones con respecto al hombre. Este principio se trata de llevar a todos los aspectos de la vida: igualdad en el hogar, igualdad en el trabajo, igualdad en la política, igualdad en todo. El equilibrio, según esta visión, se consigue al repartir en partes iguales las oportunidades entre ambos géneros.
Personalmente, me agrada mucho estos principios generales de igualdad que trae el feminismo clásico, porque realmente me parece repugnante la forma en que algunas religiones siguen inculcándole a las mujeres su deber de ser un mero personaje secundario al servicio casi incondicional de la voluntad del hombre. Sin embargo, tengo que reconocer que muy posiblemente esta opinión esté bastante prejuiciada por mi formación, y que quizás, si analizamos bien la forma de operar de estructuras supuestamente opresoras e injustas con la mujer, hasta en esos sistemas podríamos encontrar equilibrio e igualdad de género de yure. Me explico.
Recuerdo una anécdota contada en clase sobre de una etnógrafa que explicó que en una entrevista a una mujer mexicana en un pueblo machista esta le dijo que en su casa quien mandaba era su marido, pero cuando ella quería conseguir algo, según dijo, “yo jodo, jodo y jodo hasta que lo hago cambiar de opinión”. Es decir, no es la soberanía propiamente ejercida y reconocida, pero es influencia; poder en la práctica.
Dice el consejero filosófico, Lou Marinoff (una persona sumamente machista), en su libro El ABC de la felicidad que:
En occidente, como Emerson juiciosamente observó, una mujer ejerce más influencia en su marido, para bien o para mal, de la que ejerce el gobierno.
Pero ésto es difícilmente apreciado por discursos vanguardistas de occidente ya que, según algunos, la lógica y visión de mundo heredada por Aristóteles hace énfasis en la polaridad de los diferentes, y no tanto en su complementariedad. En contraste, filosofías orientales como el Taoísmo, el Budismo y el Confucionismo sí se dedicaron a estudiar y explicar el equilibrio que nace del complemento de los opuestos.
En fin, yo sigo simpatizando en la participación igualitaria de la mujer tal y como lo describe el feminismo occidental, pues creo que esta puede traer un equilibrio que a su vez nos dé justicia para todos y todas. No obstante, como sabemos, no siempre se tiene que llegar al mismo sitio por el mismo camino. Reconozco que ese equilibrio podría ser alcanzado mediante formas de vida más tradicionales y conservadoras. Después de todo, lo más importante, según mi punto de vista, es la felicidad de los individuos (hombre y mujeres), y si esta felicidad se puede alcanzar en las culturas donde oficialmente “el hombre es el que manda”, y extraoficialmente la mujer actúa cual un director de cine, pues bien por ellos. (Ojo: No estoy romantizando lo tradicional, ni alegando que toda cultura patriarcal es equilibrada y justa. Lo que digo que es podrían serlo, sin necesariamente tener que adoptar otros modelos).
Posiblemente lo más importante sea aprender a tolerar el hecho de que no todos queremos caminar el mismo camino, aún cuando queramos llegar al mismo sitio.
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