Frecuentemente se señala las supuestas contradicciones que tienen algunas personas que abogan por una cosa, pero en sus vidas auspician otra. Dicen que es contradictorio condenar el desparrame urbano, pero vivir en un suburbio; pedir justicia para los pobres, pero no donarles parte de tu salario; condenar el uso excesivo del automóvil, pero no usar el transporte colectivo, etc.
Según esta crítica, cuando el deseo o aspiración de un individuo va por un lado pero sus decisiones van por el otro es una seria contradicción que le quita credibilidad al individuo.
El problema con este señalamiento es que ignora la existencia de las estructuras sociales. Las aspiraciones e ideales no son otra cosa que la meta de cambiar o modificar una estructura colectivamente, como sociedad. Por más bonito e inspirador que suene, los cambios no dependen de un individuo. La exhortación a que el individuo portador del ideal empiece sus aspiraciones con su propia individualidad, no es más que la exhortación a que comience a luchar de forma quijotezca contra la estructura. A que, sin importar que la transportación pública se retrasa por horas largas, el individuo se sacrifique y deje su carro. A que, sin importar que si ni tan siquiera tienes para cubrir tus necesidades y gustos, le dones un poco a los necesitados. A que sin importar que las propiedades y rentas en los cascos urbanos son tres, cuatro y cinco veces más caras que en los suburbios, que se opte por esta opción para ir acorde con el ideal.
Que sean mártires, es el mensaje. Que se fastidien, que sufran, que se sacrifiquen para que cumplan con el cliché de persona idealista. Que se ocupen de sus asuntos y dejen la estructura quieta, y cuando vean que es difícil, que es casi imposible, “regresen a la realidad” y acepten el mundo tal y como es.
Pero los ideales no son asuntos de individualidades. La cosa está en la estructura. Cuando la estructura cambie y favorezca lo aspirado, entonces los individuos se suman a ella. Mientras tanto, a los mártires que los busquen bajo tierra.