Dos nubes con un poco de tierra, por favor.

Hay dos formas principales de enfrentar un problema: la idealista y la pragmática. Cada persona tiende a inclinarse a uno de los dos lados, aunque casi nadie representa, de forma pura, uno de los dos conceptos. Ambas visiones, si no se combinan con la otra para compensar sus limitaciones, son deficientes; el que es demasiado pragmático sin nada de idealismo está muy ocupado en las circunstancias presentes como para tener una visión de lo que es posible, y el que es demasiado idealista tiene claro su futuro deseado pero está tan ocupado mirándolo que no pone atención, y hasta ignora, el camino que lo llevará a esta meta.
Los excesivamente idealistas
Ya sé que todo es todo ya es altamente conocido, y hasta posiblemente venga por ahí un comentario de que estoy escribiendo cosas trilladas otra vez, pero todo esto lo digo porque noto que, muy lamentablemente, una gran mayoría de las personas que abogan por las buenas causas carecen de pragmatismo. Todo se le va en pensar lo ideal, pero (me perdonan el cliché) sin pisar tierra firme. Parecen conformarse con vivir con la certeza de que hacen o predican lo correcto, aún sabiendo que la forma en que lo hacen no producirá ningún resultado significante. Sus estrategias fracasan repetidamente, pero cambiarlas la ven como una traición a lo ideal. Piensan que si no funcionan no es por su culpa, es porque el mundo no está preparado para ellas. Algunos llegan a los extremo de trazar como su gran meta convertirse en mártires, o al menos encarnar el arquetipo del típico genio incomprendido por su tiempo que la historia se encargará en redimir.
Los excesivamente pragmáticos
Al otro extremo, muchas de las personas sumamente pragmáticas, obtienen el poder político, económico y social de forma relativamente fácil. En palabras paulocoelhisticas , el universo parece conspirar en su favor. Han llegado al punto que señalaba el filosofo japonés Miyamoto Musáis “cuando has comprendido el Camino de la Estrategia, ya no hay nada que no puedas comprender”. Lo triste es que lo suyo es obtener el poder con la única razón de tener poder, o peor aún, poder para poder hacer todo en su beneficio.
La estrategia: ni moral ni inmoral, sino amoral
Debería llegar un tiempo en el que los grandes estrategas triunfadores no sean solo los grandes demagogos, manipuladores y dictadores, sino que, dentro de este selecto grupo, también haya idealistas genuinamente interesados en el bienestar común. Pero para ello habría que deshacerse de muchas concepciones limitantes, como eso de que el dinero es malo, el individualismo es malo, el mercado es malo, etc. También habría que empezar a entender y apreciar las estrategias tal y como son: amorales, porque muchas veces no se quiere apreciar las movidas de personas como Napoleón, Mao o Hitler, o, para poner ejemplos más cercanos, Hugo Chávez o incluso Aníbal Acevedo Vilá, porque las intenciones que los movían eran perversas. Y están en lo cierto, en la mayoría de los ejemplos mencionados lo eran sin ninguna duda, pero no dejan de ser estrategias geniales, estrategias que, de ser aprendidas, bien podrían utilizarse para mejores causas (aunque, obviamente, muchas son totalmente descartables).
En pocas palabras, a los mártires y genios incomprendidos los podemos admirar, pero no debe ser la meta de nadie fracasar y convertirse en uno de ellos. Es muy cierto eso que dicen que a veces se gana cuando se pierde, pero no siempre es así. Hay causas que llevan perdiendo demasiado tiempo, y nada parece indicar que de tantas derrotas surgirá, inexplicablemente, una gran victoria.
