Tinta Digital

April 16, 2010

Dónde cuento cómo la pasé en el terremoto de Chile II

Categoría(s): — Eugenio Martínez Rodríguez @ 7:57 am

En la primera parte me quedé contando como estaba encerrado, minutos después del terremoto, por una verja de hierro de la que no tenía las llaves. En realidad fue un erro compartido: yo no debí decir que sí ante la pregunta de mi roomate de si se llevaba las llaves, y él tampoco debió haber cerrado la maldita verja de metal, pues con la puerta bastaba. Pero de nada vale hacer las cosas cientos de miles de veces bien si la única vez que vives una catástrofe la hiciste mal.

En eso escucho mi celular:
–Eugenio.
–Si.
–¿Estás bien?—
–Sí, sí.
–¿Pero tu no sentiste nada?—
–Como puñeta no voy a sentir nada si por poco se cae el mundo.
–Bueno, nada, me alegro que estés…
–¡No enganches!
–Solamente era para saber que estabas bien, al gente está bien loca, tengo que colgar….
–Tipo no enganches… no enganches, yo estoy encerrado.

Silencio. Parecía que colgó. “Ahora sí que me jodí”, pensé.

–Pues si tu puedes salir—por suerte alcancé a escuchar
–La verja no se abre si no es con llave—le dije.

Pasaron unos 15 o 20 minutos cuando por fin llegó con las llaves. Bajé por escaleras y salí del edificio y ahí estaba la ciudad de Santiago: paralizada, pero con gente, gente muy nerviosa. Lo primero que noté es que era un verdadero peligro cruzar las calles que usualmente no te hacen confrontar gran dificultad, pues la oscuridad era casi total y la velocidad de los carros que pasaban por ella era increíblemente alta. “La gente está desesperada por saber de sus familiares”, nos comentó alguien.

Junto con el ruido de las sirenas y de los autos a toda velocidad llegaron los gritos y las risas de lo que parecían ser gangas de jóvenes, presumiblemente borrachos o arrebatados, con linternas con las cuales alumbraban de arriba abajo las personas y el interior de las tiendas. Querían hacer valer el refrán de “río revuelto, ganancia de pescadores” a penas minutos después de que un terremoto moviera la Tierra de su sitio y acortará el tiempo de los días.

–Parece una película futurista—me comentó uno de los vecinos del edificio. –La oscuridad, las gangas, el polvo, la desesperación…

La verdad que lo parecía. Pero a mi tanta intranquilidad de los locales, paradójicamente, me tranquilizó. Reconfirmé que aquello no era un temblor de los cotidianos. Si alguien me hubiera dicho que aquello no era más que un sismo de los frecuentes probablemente hubiera convencido automáticamente de irme de allí. Pero si hasta ellos estaban impresionados, quiere decir que aquello no era normal, o al menos no tan normal.

–¿Usted había vivido un terremoto así antes?—le pregunté a una vecina como de unos 50 años.
–Nunca—me dijo.
–¿El del 85 no fue así?—pregunté.
–No fue tan fuerte y tan largo como este.

“Por lo menos”, pensé yo. Quería decir que este era el Gran Terremoto que se esperaba, y que no iba a pasar nada peor en al menos otros 20 años.

El guardia de seguridad del edificio se acercó a nosotros y nos dijo que necesitaba personas para volver a entrar al edificio y cerrar las llaves de pase del gas, pues si el temblor provocaba un escape, había un peligro de incendio o explosión. Su explicación fue muy buena e ilustrativa, tanto como para convencerme de no volver a pisar ese edificio en buen tiempo. “¡Pero a qué país se le ocurre operar con gas con un riesgo casi seguro de catástrofes sísmica!”, pensé yo, en uno de esos momentos en que dejaba a un lado la diplomacia cultural.

Mi roommate se ofreció de voluntario y se fue con el guardia a cerrar llaves de pase por los siete pisos del viejo y desalojado edificio. No sería la primera vez que se arriesgaba para ayudar, semanas después partiría hacia la ciudad de Concepción, zona del epicentro y escenario de Tsunamis, para construir casas junto con la organización Un techo para Chile. Esa es la juventud perdida de Puerto Rico. Pero para eso no hay portadas.

Luego, tratamos de cruzar las calles lo mejor que pudimos para llegar al edificio dónde vivían algunos de nuestros amigos de la UPR. Allí lo que se veía y escuchaba era un mar de curiosidades. Había una pareja de jóvenes extranjeros semidesnuda en el área de espera (de nada vale morir vestidos, posiblemente pensaron mientras bajaban las escaleras a toda prisa), mientras que los rumores comenzaban a circular de que se había caído tal o cual edificio. Ante ello, el guardia tuvo la idea no prender televisores ni radios para que las personas no se pusieran más nerviosas, pero ante la poca acogida que tuvo su propuesto tuvo que prender la radio, y luego un televisor de baterías. Allí vimos a la entonces presidenta, Michel Bachelet, en conferencia de prensa, un poco regañando al país por lo mucho le había tardado desplazarse de un lugar a otro por la gran cantidad de vehículos que transitaban por las carreteras, contrario a las recomendaciones que dan para este tipo de situaciones. “¿La presidenta de un país sísmico no tiene un helicóptero con el cual transportarse en caso de emergencia?”, luego, uno de nosotros se preguntó.

En eso muchas personas comienzan a mirar hacia la calle. Las señales de tránsito, los postes y todos los objetos se movían. Era la primera réplica notable desde el terremoto. Algunas personas comenzaron a salir del edificio pero en seguida se dieron cuenta que no era para alarmarse. Replicas como esa se estarían sintiendo por decenas a lo largo del día, pero aquella fue de las suaves.

Uno de los boricuas sacó su iPhone y comenzó a entrevistar al grupo mientras tomaba vídeo con la idea de subirlo a Facebook. Ya más tranquilos, comenzamos a vacilar sobre la idea de que habíamos muerto, y que en realidad eramos fantasmas no percatados de su estatus encerrados en un circuito experiencial y destinados a repetir lo ocurrido una y otra vez. Seguimos vacilándonos el terremoto pero entonces:

–¡Por favor! ¡Hablen más despacio! No ven que nosotros no podemos resistir esto.

Yo no entendí eso de hablar “más despacio” (¿será bajo?) ni lo de resistir, pero supongo que fue algún choque de idiosincrasias. Pero eso fue algo menor. Choques como ese hubo muchos y en mayor intensidad sobre todo los días después del terremoto, y particularmente sobre cómo las personas de Chile pensaban que era súper obvio que se debía actuar antes, durante y después del terremoto, que era exactamente como nosotros pensábamos y seguimos pensando que es súper obvio que jamás se debía actuar. Tales diferencias costaron tiempo, discusiones y en algunos casos dinero. Por ejemplo, uno de los boricuas se quedó encerrado en su apartamento en el terremoto, y tuvo que romper la puerta para lograr escapar. Luego le informó a los guardias sobre ello, por el hecho de que el apartamento estaría abierto, expuesto a robos, y ellos le contestaron que “obviamente” era su responsabilidad permanecer en el departamento cuidando las cosas (sin que aún se inspeccionara el edificio, en un piso 22, sin agua, sin electricidad, sin elevador y sin puerta). Finalmente saquearon el departamento y se llevaron un televisor y un calentador y tuvo que pagarlo todo, porque al dueño, a los guardias, a los vecinos, al agente inmobiliario y a exactamente todas las personas a la que se le comentaba les resultaba exageradamente obvio que su deber era permanecer en aquel oscuro departamento, sin puerta que finalmente saquearon, protegiendo la propiedad. Es algo muy curioso porque, contrario a la expresión de hablar “más despacio”, no se trató de malos entendidos ni mala comunicación por el lenguaje, sino de distintas formas de pensar y de ver el mundo.

En la tercer parte cuento la experiencia de las replicas y de cómo finalmente terminé en Argentina, desde dónde escribo esta entrada ahora.

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