Desarrollo sustentable
El discurso que tradicionalmente le ha servido de contrapeso al frenesí del desparrame (sub)urbano, la contaminación ambiental y la privatización de los recursos naturales es el que siempre hemos conocido con etiquetas como ambientalismo, ecologismo o “defensa de la naturaleza”. Estoy seguro que la imagen que le viene a la mente a muchas personas al escuchar la palabra “ambientalista” es la de un grupo de personas oponiéndose a una carretera, oponiéndose a un hotel, oponiéndose a un centro comercial, a una urbanización, a un edificio…
Si bien el ambientalismo ha sido un agente eficaz a la hora de denunciar las irresponsabilidades de los mal llamados desarrollistas, también creo cierto que el discurso muchas veces (con sus excepciones) a carecido de unas contrapropuestas claras y razonables que le sirvan de antitesis a lo que denuncian. Tal pareciera, frecuentemente, que su meta de conservar la naturaleza también incluye el conservar el estado actual de la sociedad, y por ende proponer el inmovilismo, o tal vez un “regreso a la naturaleza”. Pero el no cambio no es viable. Se les ha tachado de no “ser realistas” y aunque me molesta mucho esa frase (ya que la mayoría de las veces es perfectamente traducible a “ser conformistas”), creo que la crítica está justificada. Una oposición sin propuesta no es razonable. Es otra queja más. Además, el discurso es tan débil como contracultura que es fácilmente absorbida por el sistema (políticos sembrando hipocritamente arbustos en el día del planeta, megatiendas haciendo publicidad mendiante campañas pro naturaleza, etc.).
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Quizás por eso en las últimas dos décadas ha cobrado mucha fuerza el concepto de “desarrollo sustentable” (también conocido como “desarrollo sostenible” o “sustainable development” en ingles). Este tipo de desarrollo parece ser la respuesta proactiva que sirve de alternativa a ese desarrollo hegemónico que actualmente carga la acusación de provocar el calentamiento global, privatizar los recursos naturales y privilegiar en toda ocasión los sectores de elite del mundo. El desarrollo sustentable, a diferencia del ambientalismo tipo “salvemos el planeta”, además de preocuparse grandemente por la contaminación ambiental procura que los cambios sean económicamente viables y socialmente justos. No basta con que algo sea “bueno para el ambiente”, ni con tener muchos árboles y muchos coquies cantando. Las propuestas que se hagan, según este enfoque, TIENEN que atender el matiz económico de la sociedad. Y con atender lo económico no basta con generar y acumular capital en pocas manos. Las propuestas también TIENEN que procurar establecer cierta justicia social. Hay que desarrollar para todos, y sobre todo, planificar y abandonar el laissez faire del neoliberalismo que deja el futuro de los recursos en manos del mercado, cuya única meta suele ser generar riquezas.
En Puerto Rico, a pesar de la asfixiante ola de pesimismo que con toda razón arropa el país, creo que el futuro luce bien en este aspecto. Aunque a paso lento, veo muchas propuestas de desarrollo gubernamentales, privadas y comunitarias que van por esta línea. Todo esto obviamente no se debe a la bondad y conciencia de nuestros flamantes dirigentes, ni a la de los inversionistas privados, sino a diversos grupos e individuos que día a día, en conferencias, en piquetes, en foros, en manifestaciones y en todo tipo de frente están ahí, haciendole resistencia al discurso dominante con datos, estudios y propuestas en mano.
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