“La lucha” y otros síntomas de crisis
“Basta ya de explotación, luchemos por fotocopias a vellón”—UJS MST
Eso es lo que acabo de leer en una pegatina situada en la Facultad de Humanidades de la Universidad. La singular frase, según lo veo, encierra una de las razones por las cuales el activismo político de izquierda esta tan estancado. El concepto de “luchar” dentro de este discurso sustituye el de “trabajar”. Uno no escucha ni lee a nadie invitando a las masas a trabajar por tal o cual cosa. No, se invita “a luchar”. “La lucha” es una demanda, o más bien una exigencia a los que más tienen. No es un proyecto propio, sino una constante reacción a proyectos ajenos (¡No a la privatización! ¡No a la subcontratación! ¡No a la explotación!).
“¡Qué la crisis la paguen los ricos!” dice otra pegatina en el baño del segundo piso de la facultad. ¿Y como se conseguirá tal cosa? Pues en “la lucha”. Con el discurso del rebelde mantenido. Con las exigencias rabiosas fruto de la autocompasión. Lo realmente curioso de todo ello, es que “la lucha” requiere trabajo, mucho trabajo. Requiere sacrificios, requiere recaudaciones de dinero para operar, requiere adquisición de distintos tipos de capitales, requiere un esfuerzo enorme. Pero es un esfuerzo para “luchar” y demandar el cambio a otros, no para emprender y crearlos.
Es posible que esto sea un síntoma de las causas de nuestras actuales crisis. La nula iniciativa emprendedora general. Sencillamente no hay proyecto; ni nacional, ni de clase y ni tan siquiera a nivel individual si consideramos los ridículamente altos niveles de consumo, las bajísimas tasas de ahorro, y la inexistencia del concepto “inversión” en la mente del puertorriqueño promedio. Lo único que queda es “la lucha”; exigirle al de arriba que haga algo.
Nueva clase empresarial
Ya lo he expresado antes, Puerto Rico necesita cuanto antes una nueva clase empresarial, quizás de origen más popular, que venga acompañada de un cambio cultural en nuestra manera de pensar los asuntos económicos. Ese cambio tiene que contar con la erradicación de la demonización del lucro y el dinero (tan frecuente en conversaciones de sectores obreros y pequeño burgueses), con una valoración de la figura del empresario, la valorización del ahorro, la enseñanza del arte de invertir, la noción de que las riquezas no están dadas sino que se crean, y sobretodo, el principio de que para ganar no hace falta pasarse de listo y provocarle perdidas o daños a terceros (ganar-ganar) como hacen nuestros (des)arrolladores.
Raices comunes con emprendedores
Se me ocurre que quizás una buena estrategia para impulsar este cambio de mentalidad sea la búsqueda de puntos en común que tengamos con sectores con perspectivas más emprendedoras, ya que dicen que la mejor manera de hacer que alguien acepte un cambio radical es hacerle creer que no es tan radical nada, y que se parece mucho a lo que se tiene en la actualidad. A lo que queda de la izquierda sería bueno recordarles algunos principios de autogestión anarquista, e incluso marxista (Marx, en El Capital, por ejemplo, legitima en cierta manera la figura del “productor independiente”). A las figuras más militantes de las distintas denominaciones cristianas se le podría enfatizar aquellos pasajes del viejo testamento que los judíos usan como base de su filosofía económica (la metáfora de las 7 vacas gordas y las 7 vacas flacas sería una refutación excelente, por su autoridad bíblica, al dichoso refrán que dice que “la última cuenta la paga el diablo”). Al sector anexionista asimilista, obviamente se le pondría la dinámica estadounidense como modelo (por que mira que hay cosas buenas, con sustancia, que podríamos imitar de ellos, pero hasta ahora solo nos han querido inculcar lo más superfluo).
Economía y cultura
Esta reflexión quizás se debe a que estoy leyendo La historia de los Judíos, de Paul Jonson, y realmente me sorprende como una etnia tan atacada por todos lados (fascista, nazista, comunistas, cristianos, musulmanes, etc.) ha logrado prosperar tanto en la mayoría de los contextos en los que se han desarrollado. Todo esto me hace pensar en la tesis que Max Webber desarrolló en La ética protestante y el espíritu del capitalismo, que decía que el desarrollo económico está íntimamente relacionado con la cultura. Quizás tenía razón.
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